
Hace unos días, un futbolista mexicano de apellido Aquino se hizo viral después de publicar un video en redes sociales donde denunciaba que la directiva del club en el que jugó durante diez años, lo había dado de baja del equipo de una manera sorpresiva.
En la queja virtual, el jugador anunciaba esta supuesta injusticia deportiva, cargada de un dramatismo telenovelero que impresionó a los seguidores del jugador y a uno que otro despistado, quienes se volcaron puntuales para ofrecerle apoyo moral, y de paso criticar con todo a los dueños de los Tigres de la Universidad de Nuevo León.
Ojeroso, destruido moralmente, con lágrimas en los ojos y un tono lastimero, el jugador de origen oaxaqueño, lanzó críticas y dardos envenenados a sus ex patrones.

Sus lamentos fueron publicados en la mayoría de los medios de comunicación sobre todo los deportivos, quienes en busca de notas sensacionalistas le dieron una importancia exagerada.
Conocedor del efecto que tienen las redes sociales, Aquino se atrevió a quejarse de una situación, que en efecto puede ser una injusticia laboral muy generalizada en nuestro país, pero no para él, si no para las clases sociales desprotegidas que viven día con día esta clase de atropellos.
Lo que olvida este personaje es que él pertenece a un grupo social privilegiado y la determinación de la directiva de Tigres pasará a la historia como una simple anécdota. No más. El ex seleccionado nacional tiene bastantes recursos para defenderse solo y puede salir avante sin problemas de esta historia.

Afortunadamente para él y los suyos las enormes ganancias que obtienen los futbolistas consagrados como él, le brindan la oportunidad de asegurar con bastante solvencia económica su futuro merecidamente.
Está claro que Aquino tiene todo el derecho del mundo a quejarse, pero de verdad, este hecho no le afectará en lo más mínimo. Lo que es completamente absurdo es el victimismo que muestra durante el video y las ganas poderosas de llamar la atención.
El oaxaqueño pronto encontrará acomodo en otro equipo y seguirá jugando por el tiempo que le reste de vida futbolística. Tiene 35 años y sin duda alguna su carrera ha sido bastante exitosa por lo que no tendrá ningún problema para que otro club lo contrate con un excelente sueldo.
Por eso resulta ridículo que un deportista que vive en una burbuja de oro y con un sueldo de casi 580 mil pesos semanales, llore de esa supuesta injusticia y quiera vivir como víctima en un país que tiene 40 millones de pobres y cuyo salario apenas alcanza los 9 mil pesos y que difícilmente tendrán la posibilidad de expresarlo en algún lugar que esté fuera de su entorno.
Por supuesto que llorar sirve porque es útil para liberar físicamente hormonas y toxinas relacionadas con el estrés y genera un efecto calmante, pero caray, llorar por una operación muy común en el misterioso y oscuro mundo del futbol, y con ganancias superiores a los 30 millones de pesos anuales en los bolsillos, lo que hizo Javier Aquino es simplemente ridículo.

Y lamentablemente este comportamiento ocurre con frecuencia con personajes de las élites deportivas, políticas y artísticas. Basta llorar de la nada para ser más venerados, admirados y aplaudidos por sus miles de seguidores y consumidores que, curiosamente pertenecen a la mayoría de compatriotas que ganan 9 mil pesos mensuales y cuyas batallas diarias para sobrevivir con ese sueldo, no solo provocan llanto, también provocan graves padecimientos sociales y económicos en la mayor parte de este amado país.
En México hay miles de problemas que generan lágrimas todos los días que son reales y crueles. Aquí se llora por los desaparecidos, por las injusticias, por la pobreza, por la escasez de medicamento, por la corrupción, por la inseguridad, por la delincuencia organizada y por muchas cosas más, pero llorar desde la burbuja de cristal de los privilegiados, es un recurso ridículo insensible y muy vigente.


El cargo Un recurso ridículo insensible y muy vigente… / Por José Hermilo Amezcua Domínguez JHAD apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.
