Las enfermedades hepáticas relacionadas con el consumo de alcohol se han convertido en una preocupación de salud pública en México, afectando principalmente a personas en edad productiva. Entre ellas, el hígado graso destaca como una de las afecciones más comunes y silenciosas, capaz de evolucionar hacia cuadros más graves como hepatitis alcohólica, cirrosis o cáncer hepático.
El hígado, encargado de metabolizar el alcohol, sufre un proceso progresivo de daño cuando el consumo es excesivo y constante. En el país, se estima que la enfermedad alcohólica del hígado afecta al 3.5 % de la población general, al 26 % de los bebedores excesivos y a más de la mitad de quienes presentan trastornos por consumo de alcohol. Este deterioro, muchas veces inadvertido, termina por generar un alto costo humano y económico.
Datos recientes indican que las enfermedades hepáticas estuvieron asociadas con más de 41 mil defunciones en México, de las cuales más de 25 mil fueron por cirrosis y cerca de 15 mil directamente vinculadas al consumo de alcohol. Cada 35 minutos muere una persona por cirrosis causada por el abuso de bebidas alcohólicas, lo que refleja la magnitud del problema.
En el marco del Día Mundial del Hígado, especialistas advirtieron que el hígado graso y otras enfermedades hepáticas avanzan de forma silenciosa y suelen detectarse en etapas tardías, cuando las opciones de tratamiento son limitadas. En muchos casos, el trasplante hepático se convierte en la única alternativa, aunque sigue siendo un recurso escaso y de difícil acceso.
La Red de Acción sobre Alcohol (RASA) ha señalado que la prevención y la detección temprana son esenciales para reducir la carga de enfermedad. Promover hábitos saludables, limitar el consumo de alcohol y fortalecer la atención médica preventiva son pasos clave para enfrentar una crisis que afecta a miles de familias mexicanas y que continúa creciendo de manera preocupante.


