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La esperanza en los pies de quienes no brillan tanto / Por José Hermilo Amezcua Domínguez

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El pueblo futbolero de nuestro país sostiene una carga de esperanza en su selección que se enciende a la víspera de cada evento importante. No importan las decepciones acumuladas ni los fracasos del “Tricolor”, porque siempre surge la ilusión de que esta vez será diferente. En ese anhelo, se depositan sueños en jugadores que no atraviesan su mejor momento, pero representan la posibilidad de trascender.

Raúl Jiménez es el ejemplo claro. Aunque sus últimos años no han sido los más brillantes, la afición lo sigue viendo como un delantero capaz de cambiar la historia. Su jerarquía y fama de goleador lo convierten en un símbolo de fe para un pueblo que necesita creer en algo. No es el jugador que deslumbra con regates, pero encarna la esperanza de que, con un gol oportuno, México rompa la barrera y trascienda a una mejor instancia.

Jiménez llega a este 2026 con 35 años. Es su cuarta Copa del Mundo —donde ha jugado seis partidos sin anotar—, pasando hasta ahora sin pena ni gloria. Aun así, la gente tiene fe en un veterano cuyas mejores historias parecen haber quedado atrás.

Al final, lo que sostiene al aficionado no es la estadística, sino la esperanza de que un jugador se levante en el momento justo y escriba la página soñada.

El fútbol mexicano llega con más dudas que certezas, pero también con una convicción que no depende de nombres rutilantes. Se cree en la fuerza de la camiseta, en la unión de la tribuna y en que cualquiera puede ser el protagonista que lleve a México más allá de sus límites. Porque, al final, lo que sostiene a la selección es la esperanza colectiva de un país que sueña con trascender.

Es esa fe inquebrantable la que nos hace ignorar la lógica y esperar el milagro. En un deporte donde mandan los resultados, el mexicano elige creer en el corazón de sus jugadores, confiando en que el destino le debe una alegría a quien nunca deja de alentar. Dejando la esperanza en los pies de quienes no brillan tanto.

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