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Vivir en esta época ha sido muy emocionante. Hemos sido testigos de una serie de acontecimientos que han derrumbado hitos y dogmas que siempre dimos por hecho y, de una forma o de otra, moldearon nuestra consciencia como habitantes de este mundo. No dejaré de insistir en ello, porque en geopolítica pocas veces lo que vemos, es lo que sucede.
Dichos acontecimientos tienen la peculiaridad de impulsar cambios dramáticos, rápidos y a veces espeluznantes que, de acuerdo a uno de mis filósofos favoritos, el esloveno Slavoj Žižek, en un entorno de normalidad, tardarían entre 15 y 20 años en concluirse.
Como ejemplo usaré la caída de la URSS. En efecto se trató de la desintegración de las estructuras políticas federales y del Gobierno central de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, no solo fue el colapso de un régimen político, sino de la implosión económica y social del país más grande del mundo, de la disolución del Estado comunista y generó la creación de 15 nuevos países que se independizaron.
Sin embargo, también era el polo opuesto del hegemón, el antagónico contra el cual se generaban políticas, ataques, alianzas, espionaje, intereses, etc. Al caer, también cayó el enemigo de occidente y, con ello, finalizó la llamada Guerra Fría.
Al caer, también dejó sin equilibrio natural al mundo, entonces, el hegemón y sus satélites, fueron libres de ejercer acciones tiránicas e injustificables que consiguieron implantando líderes políticos de mano dura que provocaron los cambios que ese nuevo régimen necesitaba. Comenzaron a aparecer por todos lados una serie de organizaciones cuyo objetivo era implantar un sistema político-económico hegemónico que supeditara al resto del mundo, por supuesto, lo regionalizaron, para desaparecer las peculiaridades de cada uno de los estados rebeldes; organizaciones como la Unión Europea y la OTAN, que gestionaron la incorporación los países recién independizados, la implantación y control de sus sistemas político-económicos, de sus legislaciones y de cuidar permanentemente su conducta dentro del mundo libre y, por supuesto, su relación con la recién despertada Federación Rusa, con la finalidad de que la región se mantuviera dentro del entono democrático, regido por reglas que habían creado para nosotros.
Pero aquello que cayó en 1991, resurgió más pronto de lo que presupuestaron y ahora se le conoce como Federación Rusa. Coincidentemente, por otras latitudes, resurge el dragón rojo, otro enemigo comunista, que decidió romper sus propias murallas al implantar nuevas políticas económicas que ayudaran a su pueblo a desarrollarse. Tal vez lo que estamos viviendo hoy empezó aquel 11 de diciembre del 2001, tras 15 años de arduas negociaciones, principalmente con los europeos y los norteamericanos que intentaron bloquear la incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio, alegando cabalmente su preocupación por la competencia laboral, la desindustrialización, las prácticas desleales a través de la manipulación de precios y aranceles, el espionaje industrial y un largo etc.
Por supuesto, tenían razón. Sabían que China no sería fácil de domesticar y tarde o temprano ese sistema basado en el consistente subdesarrollo de países débiles y llenos de recursos listos para ser extraídos, cuyas economías se mantenían brillantes y prósperas gracias a exorbitantes deudas que fácilmente podía ser ocultadas del ojo crítico, quedaría en evidencia. Luego sucede lo impensable, Rusia y China zanjan sus históricas diferencias y se alían, aparecen los BRICS, surgen insospechados gobiernos de izquierda, las deudas empiezan a crear recortes sociales, revueltas, disturbios, los grandes corporativos se fusionan y etc. Los últimos rastros del colonialismo en Africa fueron desterrados. Tal vez, la Guerra Fría 2.0 surgió entre todo eso, pero nadie se atrevió a nombrarla.
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La mayoría nos enteramos de la Guerra en Ucrania justo el 24 de febrero del 2022, cuando todos los medios del planeta anunciaron la invasión rusa, pero la mayoría ignorábamos lo que había estado sucediendo en el país eslavo desde 2013, como la anexión de Crimea, el Euromaidan, la creación del Batallón Azov, el más famoso entre varias fuerzas paramilitares integradas mayoritariamente por militantes de las organizaciones de extrema derecha ucrania, movimientos fundamentales en el derrocamiento del gobierno de Viktor Yanukovich a inicios de 2014, y que en los años posteriores fueron incorporados al Ministerio de Asuntos Interiores del país, y cuentan con importantes redes financieras ucranias e internacionales, irónicamente, la del magnate judío Ihor Kolomoisky y la CIA. La posterior imposición de Zelensky, un cómico devenido en político absolutamente manipulable. La segregación y posterior asesinato en masa de rusos que habitaban las regiones más orientales del Donbass.
Quizá lo más espeluznante fue cuando, a pesar del bloqueo y la censura de medios rusos, se logró colar la noticia emitida por el Ministerio de Defensa de Rusia confirmando el hallazgo de un programa militar-biológico financiado por el Departamento de Defensa de Estados Unidos, en laboratorios situados en Ucrania, donde encontraron 240 patógenos incluyendo ántrax, cólera, covid-19, peste y otras enfermedades peligrosas. También encontraron rastros de ácido sulfúrico, cianuro de potasio y cianuro de sodio, componentes que podrían utilizarse para producir armas químicas. Rusia afirmó tener pruebas contundentes que sustentaban ambas afirmaciones.
Y en contra de todo el tímido aparato de propaganda que había negado la existencia de ese programa, de las fuentes de financiamiento o de ambos, lo verdaderamente espeluznante fue escuchar a Victoria Nulland, por entonces subsecretaria de Estado de Estados Unidos para asuntos políticos, muy conocida por su dura postura imperialista, se vio obligada a abordar el tema durante una audiencia ante el comité de Relaciones Exteriores del Senado el 8 de marzo del 2022. En esta audiencia, mediante el extraordinario uso de metáforas de belleza casi poética y sofisticados eufemismos, no sólo reconoció la existencia de los laboratorios, sino el financiamiento y que se trataba de un plan secreto con Ucrania, por supuesto, expresó su “profunda preocupación” por el uso que los malvados rusos podrían hacer de todo el material incautado.
Alguna vez me topé con una nota de un científico que había tenido acceso a información mas precisa sobre los hallazgos rusos y aseguraba que las investigaciones también incluían experimentos con aves y mosquitos diseñados para aniquilar a los portadores del gen eslavo oriental, que representa una importante integración de los linajes que definen genéticamente a los rusos. Por supuesto, esto fue calificado como “ciencia ficción” por casi todos los funcionarios gringos consultados.
Este año es probable que termine el conflicto en Ucrania.
A todas luces Rusia ha ganado la contienda y ha cumplido con los objetivos que definió en el 2022: no solo en lo militar, donde ha conseguido hacer de esta guerra un campo de pruebas y demostrar la sofisticada tecnología usada para desarrollar sus armas, lo cual lo ha catapultado a lo más alto de la cima como potencia armamentística mundial. También ha conseguido desmilitarizar a Ucrania, debido a las cuantiosas y lamentables bajas y la migración forzosa, la militarización de la población ha sido neutralizada. Se hizo legal y formalmente con los territorios habitados por rusoparlantes y de varias salidas al Mar Negro, con lo que reafirman su influencia en la zona y, por último, no tardaremos en saber que Zelensky ha sido depuesto.
La pregunta es ¿Por qué siguen manteniendo artificialmente la guerra en Ucrania? Tal vez, lo único que buscan todos los participantes indirectos -aquellos que financiaron, espiaron, aportaron armas, satélites, tecnología, personal altamente calificado, etc- es un poco más de tiempo para gestionar con cierta dignidad su lugar en el nuevo orden mundial multipolar. Porque la Guerra Fría 2.0 ya ha iniciado desde hace varios años y todos sabemos que los perdedores de una guerra, de una u otra forma, siempre acaban pagando.
